Durante la pasada Nochevieja, La Oreja de Van Gogh reaparecía con el esperado regreso de su cantante original, Amaia Montero. Una vuelta que más allá de la estética extraña y la expectación creada, llamaba la atención por ser los últimos artistas en hablar de Dios en una canción, incluso mostrándose en la televisión pública, que no suele favorecer este tipo de confesiones, dicho sea de paso.

Sin embargo, las reacciones han sido parecidas entre los católicos, pues al tiempo que se hacía una bonita confesión de fe, se afirmaba que se vivía la fe a su manera. Y todos elucubramos en la cabeza los peligros de ello, y que dista un poco del Credo -dos a falta de uno- que nos propone la Iglesia, madurados a fuego lento y mucho estudio a lo largo de la historia. Y la fe y el amor, si están teledirigidos por el ego, suelen convertirse en dictadura, porque proyectamos en el otro lo que anhelamos en lo profundo, rompiendo así cualquier conato de alteridad.

En cualquier caso, a mí me deja buen sabor de boca, pues es una declaración valiente y loable, aunque parezca un tanto adolescente y superficial, como muchas de las cosas que escuchamos ahora. No obstante, entre Amaia y nosotros hay una pequeña diferencia: la vergüenza de decirlo. Muchos conocemos el Credo y sus fundamentos, los rezamos cada domingo, incluso algunos los hemos estudiado y proclamado. Pero sin querer acabamos creyendo a nuestra manera, y encerrando a Dios en nuestras propias categorías, como le pasaba a los fariseos y a tantos otros, y como seguirá ocurriendo a todo el que busca a Dios con más buena voluntad que otra cosa. Es la trampa de subjetivizar la fe. Menos mal que Dios es mucho más grande, y nunca deja de sorprendernos.

Ojalá este año sigamos creyendo en Dios, pero a su manera, aunque solo sea por el riesgo de evitar empacharnos de nosotros mismos. Al fin y al cabo, “creo en Dios” es el inicio del Credo.

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PastoralSJ
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