El Adviento es, ante todo, un tiempo de esperanza activa: no se trata de esperar con los brazos cruzados, sino de prepararnos para lo que viene con corazón abierto y manos dispuestas. Así lo entienden muy bien los alumnos de segundo de bachillerato, que viven estos meses entre apuntes, exámenes y el horizonte de un futuro prometedor. Su vida académica se convierte, sin saberlo, en una metáfora de este tiempo litúrgico.

Prepararse para la llegada del Señor se parece mucho a preparar un futuro universitario: ambos requieren constancia, dedicación y, sobre todo, confianza. El estudiante que madruga, que vuelve a intentarlo, que no se rinde, encarna la actitud del cristiano que construye cada día un espacio para que Dios nazca en su vida. En ambos caminos, la espera no es pasiva: es compromiso.

Adviento también es aprender a mirar más allá del propio esfuerzo. Los jóvenes que sueñan con un futuro profesional al servicio de los demás encarnan la mejor tradición jesuítica: personas competentes, conscientes, compasivas y comprometidas. La esperanza cristiana no es evasión, sino impulso para transformar el mundo que heredamos.

Sus profesores también formamos parte de este Adviento. Con paciencia, cercanía y ejemplo, acompañamos a cada alumno en su esfuerzo y crecimiento, mostrando que el estudio y la dedicación tienen sentido cuando se hacen con corazón. En nuestras palabras y gestos, los jóvenes descubren una guía que inspira, motiva y abre camino a la esperanza.

Por eso, vivir el Adviento en un aula de bachillerato es descubrir que cada hora de estudio, cada duda, cada proyecto de vida es ya una forma de preparar el corazón. Porque quien se entrena en la dedicación y en la entrega está construyendo, sin saberlo, un futuro donde Cristo, luz que viene, podrá hacerse presente en su trabajo, en sus decisiones y en su manera de acompañar a los demás.

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