Señor,
mira a tu viña que,
con tanto amor y ternura,
labraste en este fértil otero.
La cepa exquisita que un día plantaste,
sembraste, cultivaste, regaste
y que, pacientemente cuidaste,
no ha dado los frutos que esperabas;
en lugar de uvas maduras y dulces,
ha dado agraces inmaduros y ácidos.
¡Ten paciencia con tu viña, Señor!
No te canses, ni desesperes.
Esperemos a una nueva cosecha,
la tierra aún es fértil y la sepa exquisita.
Esperemos un poco más…
Dejemos que su fruto germine,
a su tiempo y en su momento;
Esperemos a que las profundidades de la tierra,
el abrazo del cielo, la calidez del sol,
el rocío de la lluvia y la caricia del viento
tejan a la pequeña y frágil planta
hasta que su inmadurez madure
y su acidez sea dulce y endulce tu boca.
El día de la cosecha celebraremos
la gran fiesta de la fertilidad
y de esta viña brotarán copas
de vino exquisito, potente,
robusto y de sabor frutal.
Entonces, la espera habrá valido la pena
y el fruto de la viña embriagará y alegrará
el corazón de los amantes.
