Es mediodía. Veo la iglesia abierta. Tengo que entrar.
Madre de Cristo Jesús, no vengo a rezar.
No tengo nada que ofrecerte y nada que pedirte.
Vengo, sólo, oh Madre, para mirarte.
Mirarte, llorar de felicidad.
Sin decir nada, sino mirando tu rostro,
dejar que el corazón cante en su propia lengua.
No decir nada, sino sólo cantar,
porque el corazón está demasiado lleno.
