La adaptación de Christopher Nolan, de casi tres horas de metraje, es visualmente muy potente. Es, en ese sentido, una superproducción, un gran espectáculo visual que encandila al espectador y, por momentos, lo abruma. Está rodada con tecnología Imax para su exhibición en pantallas panorámicas, por lo que es muy recomendable verla en pantalla lo más grande posible.
Por su fidelidad al texto original, lo que no quiere decir que los protagonistas hablen en hexámetros. El director se toma algunas licencias como la raza y el color de piel de los actores que incorporan papeles destacados y resalta algunos aspectos psicológicos que no están exactamente en el poema homérico, pero logra ese difícil equilibrio para que nada chirríe.
Los personajes protagonistas están ‘tuneados’ para un espectador de nuestra época: Penélope es una mujer empoderada que cuestiona la sumisión femenina; Menelao, rey de Esparta, está dibujado con rasgos de un bandarra pandillero; y Circe, la hechicera, parece responder al prototipo de bruja céltica más que mediterránea. El reparto es de auténtico lujo.
Hay una sabia mezcla de los elementos mitológicos sobrenaturales contenidos en ‘La Odisea’ con convincentes explicaciones racionales para el espectador del siglo XXI. No se abandona el misterio y lo asombroso, pero se facilita su comprensión sin vulgarizar. Por lo bien que está resuelta, merece la pena subrayarse la escena del canto de las sirenas y el paso del estrecho entre Escila y Caribdis. Consigue quedarse a distancia del simple cine fantástico pero tampoco cae en la pretensión de explanarlo todo a la luz del raciocinio.

