Decirte Padre, Dios mío,
es reconocer
mi condición de criatura;
es acoger
mi vocación de hijo;
es vivir
mi realidad de hermano;
es aceptar
mi obligación de amar;
es poner
mis dones al servicio;
es celebrar
la fiesta de la comunión;
es encarnar, en mí,
a Cristo, tu Hijo muy amado.
