Quizás eso, entre otras cosas, fue lo que San Ignacio comenzó a intuir cuando estaba inmóvil, obligado a escucharse por dentro. Allí, donde no podía actuar, descubrió qué deseos le daban vida y cuáles se la quitaban. Poco a poco se le alineó lo que creía, lo que pensaba y lo que anhelaba vivir. Y cuando volvió a caminar, lo hizo siguiendo esa misma dirección interior.
Hoy nos puede parecer difícil algo que, en el fondo, es sencillo de nombrar: vivir con integridad. Es decir, dejar que nuestra fe, nuestros pensamientos y nuestras acciones se sostengan mutuamente. No se trata de alcanzar una perfección imposible, sino de ir ordenando por dentro lo que somos, para poder vivir con más calma y paz, reconciliados con nosotros mismos y con Dios.
Y para iniciar ese camino, es esencial regalarnos cada día un pequeño rato para mirarnos por dentro: descubrir qué fe nos mueve, qué pensamientos habitan nuestra mente y qué acciones brotan de todo ello. Estoy convencido de que, si ponemos voluntad y paciencia en ese detenernos y hacernos conscientes, Dios se encargará de darnos las oportunidades y las herramientas para construir una vida auténtica junto a Él.



