Vivimos en una época extraña, cuanto más avanzamos, más nos cuesta creer. La imagen reciente de la Tierra capturada desde la misión Artemis debería habernos llenado de asombro, de ese silencio reverente que nace cuando uno contempla lo inmenso. Pero no, muchos dudaron “es inteligencia artificial”, dijeron. No porque tengan pruebas, sino porque no estuvieron allí. Y ese es el punto, hemos reducido la verdad a lo que podemos verificar personalmente. Si no lo vimos, no pasó. Si no lo entendemos, no es real. La tecnología, que prometía expandir nuestros horizontes, ha terminado por encerrarnos en una prisión más sofisticada; solo creemos en lo que podemos controlar o evidenciar.
Pero la fe nunca ha funcionado así. La Resurrección es, quizás, el mayor escándalo para esta mentalidad. Nadie hoy puede “probarla” en un laboratorio. Nadie puede reproducirla, medirla o grabarla con alta definición. Y, sin embargo, hay algo profundamente revelador; tampoco todos estuvieron allí en aquel primer amanecer y aun así, el mundo cambió para siempre.
Los primeros que creyeron no lo hicieron porque entendieron todo, sino porque se abrieron a algo más grande que su lógica. Creyeron no porque vieron perfectamente, sino porque reconocieron. Porque entendieron que la verdad no siempre se impone con evidencia, sino que se ofrece y espera ser acogida.
Hoy nos pasa lo mismo. Dudamos de una imagen del planeta porque no estuvimos en el espacio. Dudamos de la Resurrección porque no estuvimos en el sepulcro vacío. Pero la pregunta no es si estuvimos allí, la pregunta es si somos capaces de confiar en algo que nos trasciende. Quizás el problema no es la falta de pruebas, sino la dureza del corazón. Porque creer en la Resurrección no es un acto de ignorancia, es un acto de valentía. Aceptar que la realidad es más grande que nosotros, que la vida puede vencer a la muerte, y que la verdad no siempre necesita nuestra aprobación para ser real.“Bienaventurados los que creen sin haber visto.”



