Los cambios que nos dirigen a dar nuestra mejor versión, están ligados estrictamente con una decisión que conlleva muerte; muerte a las actitudes que nos encapsulan en nuestro ego; muerte a las conductas que no nos permiten relacionarnos con madurez; muerte a la búsqueda incansable de encajar en los grupos sociales de la época en la que nos toca vivir; muerte a los patrones heredados que nos cierran al cambio; muerte a las inseguridades que nos impiden proyectarnos y muerte al beneficio personal que implica herir a los demás.
Y es precisamente esa muerte, la que a través de la apuesta nos dirige directamente a mostrar una vida diferente, carismática, tierna, comprensiva y humana. Dicha apuesta promueve un cambio que acelera corazones e inquieta la vida de quienes nos rodean.
El resplandor de una vida nueva supone muchos retos y un movimiento constante a resucitar de todas esas muertes para comenzar a vivir en plenitud. Es por ello que no hay pascua sin apuesta.
En consecuencia, la verdadera transformación conlleva un no reconocimiento instantáneo por parte de otros debido a la realidad asumida y acostumbrada. Jesús caminó con los discípulos de Emaús, haciéndoles arder el corazón y, aun así, no descubrieron que era Él hasta que fraccionó el pan.
La apuesta es personal y requiere apertura y radicalidad. Somos invitados por Jesús a abrir la mirada frente al hermano, contemplar la apuesta que realiza y a generar vida nueva transmitiendo su Pascua y nuestra Pascua.
