Canto
En esta tarde fría volvemos a estar Señor ante tu presencia. Queremos estar juntos ante ti. Queremos ser una comunidad que no solo viva, , comparta y reflexione unida, sino que también sepa orar junta, en torno a ti, con tu presencia como centro. Te pedimos Jesús, a ti, presente aquí en la Eucaristía, que des a cada uno aquello que más necesita. Que en este rato podamos orar individualmente, sintiendo aquellas inspiraciones con las que tú quieres guiar nuestra vida. Pero que, a la vez podamos pedir por todos los que estamos aquí reunidos en tu presencia. Que seamos así comunidad, orando los unos con los otros, y también los unos por los otros. Que juntos seamos como esos granos de sal, individuales e irrepetibles, pero que no son nada si no se unen a otros para dar sabor en el banquete de la vida. Y también, como esas pequeñas velas y luces que iluminan de manera tenue y frágil en la oscuridad. Pero que, unidas a otras, pueden alumbrar el camino de tantos como peregrinan sin saber hacia dónde, en medio de la noche.
Canto
Del Evangelio según San Mateo, 5, 13-16
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte, Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.
Jesús, tú me dices que soy sal. Que estoy llamado a dar sabor en medio del mundo. Estando aquí, junto a ti, contemplándote y adorándote, siento que quiero ser esa sal que tú fuiste. Una persona que es capaz de vivir de un modo distinto en medio del mundo. Alguien que sabe aportar el sabor y el buen gusto en medio de un mundo y una sociedad que, tantas veces son insulsos o tienen un sabor a precocinado barato. Al invitarme a ser sal, me pides que me arriesgue y rompa moldes. Que apueste por lo auténtico y no por lo preestablecido. Que dedique tiempo a las cosas verdaderamente importantes, a aquellas que hacen vivir de un modo distinto. Que ore más, que comparta más, que ayude más, que me entregue más, que sea más paciente… Solo así, con el tiempo de cocina adecuado, la sal que soy podrá hacer que el plato de mi vida tenga sabor casero, sacie el hambre, dé ganas de repetir y siente bien al estómago. Pero, Señor, tú sabes que esto me cuesta y que por ello tantas veces me conformo con dejar sosa mi comida, o con calentar un plato precocinado, o comer comida rápida y barata en lugar de dedicar tiempo a buscar y realizar la receta que tú tienes para mi vida: mi vocación. Ayúdame por tanto Señor a ser sal y a diluirme en mi receta, junto a los demás, para poder así saciar el hambre que siento en mi interior, y también el hambre que tienen aquellos que me rodean.
Canto
Jesús, tú me dices que soy luz. Que debo alumbrar e iluminar en medio de la tiniebla como tú lo hiciste. Viéndote aquí, en ese trozo de pan consagrado, iluminado en medio de la oscuridad de esta iglesia, la verdad es que sobran las palabras. Entiendo perfectamente que eres el sentido de mi vida, la luz en medio de la noche, el descanso de mi vista, el remedio para mis miedos. Al contemplarte a la vez tan frágil y a la vez tan poderoso, siento calma en mi interior, y a la vez una inquietud que me invita a entregarme más, a conocerte más, a fundirme más contigo, a arder en tu fuego para así iluminar contigo a tantos peregrinos, caminantes y vagabundos con los que comparto la vida. Pero, lo cierto es que después, cuando vuelvo a mis ocupaciones y a mi vida cotidiana, me siento pequeño y frágil. Como si el fuego que siento aquí se hubiera apagado o reducido su intensidad. Me siento como una vela diminuta, con una llama frágil que apenas ilumina, o tiene nada que decir en medio de un mundo lleno de paneles de LED que desprenden vatios y vatios por todos lados. Y, es entonces cuando siento la tentación de esconder mi vela debajo del celemín. A veces por vergüenza de salir con ella a la calle, donde hay publicidad de otras cosas tan buenas, que me parece que mi pequeña llama no tiene cabida. Otras por miedo a que al salir a la intemperie con mi frágil llama, la lluvia o el viento puedan apagarla. Señor Jesús, luz de la luz de Dios Padre, luz del mundo, luz de mi vida. Te pido con todas mis fuerzas que avives con vigor la llama de mi frágil vela. Que me ayudes a alimentarla del fuego que arde en tu corazón y no de otros fuegos tentadores con los que a veces la confundo. También te pido Señor que avives la llama de todos los que estamos aquí, así como la de tantos y tantos cristianos que te buscan y quieren encenderse con tu luz. Solo así, juntos, inflamados de tu llama y alimentados por ella, podremos iluminar en medio de este mundo que tanto necesita de tu luz, aunque a veces no lo sepa y por ello pretenda competir con ella o apagarla.
Intenciones de Oración del Santo Padre confiadas a su Red Mundial de Oración: por los niños con enfermedades incurables.
Oremos para que los niños que padecen enfermedades incurables y sus familias reciban la
atención médica y el apoyo necesario, sin perder nunca la fuerza y la esperanza.
Canto, bendición reserva y canto a María



