Dicen que para poner a Dios contra las cuerdas basta una pregunta ingeniosa: ¿puede un ser omnipotente crear una roca tan pesada que ni Él mismo pueda levantarla? Como si la fe pudiera desarmarse con un acertijo. Pero quizá el problema no está en Dios, sino en el molde pequeño con el que intentamos contenerlo. Esa pregunta nace de una lógica que mide el poder como fuerza bruta, como peso, como dominio. Un poder que se impone, que aplasta y que demuestra. Pretendemos que Dios juegue a nuestro juego, que entre en nuestras categorías humanas, como si la omnipotencia fuera un músculo cósmico y no un misterio vivo.
La fe no responde con trampas dialécticas, sino con una revelación inesperada; Dios no eligió mostrarse levantando rocas imposibles, sino cargando cruces reales. No se manifestó en lo que aplasta, sino en lo que se entrega. No en la fuerza que humilla, sino en el amor que brota por el bien del otro.
Tal vez la pregunta correcta no sea si Dios puede crear una roca que no pueda levantar, sino si puede amar hasta el punto de renunciar a su fuerza. Y la respuesta, silenciosa y escandalosa, es sí. Sí puede y lo hizo. Ahí está la verdadera omnipotencia, no en contradecir la lógica, sino en trascenderla. En hacerse frágil sin dejar de ser Dios. En permitir que el ser humano lo hiera, lo niegue, lo crucifique, y aun así seguir amando. Un poder que no necesita probar nada porque su esencia no es dominar, sino dar vida y amar.
Dios no pierde cuando se hace pequeño y no se contradice cuando se entrega. Al contrario, se revela; porque el amor, cuando es verdadero, siempre parece débil ante los ojos del mundo, pero es lo único capaz de sostenerlo todo. “porque la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.” (1 Corintios 1,25)



