A veces, sibilinamente, los religiosos jóvenes y no tan jóvenes sufrimos una especie de mirada compasiva y paternalista de la gente, también de la que te quiere. Valoran tu vocación y tu misión, pero que sienten pena de que seas religioso y de tu apuesta vital, porque el cristianismo no está de moda -aunque parece estar resurgiendo-, porque hay pocos religiosos en comparación con otras épocas o, sencillamente, porque toca remar a contracorriente. Algo que es cierto, pero, que, si nos dejamos llevar por esta premisa, se convierte en un contraargumento tan pobre que nos impediría llevar adelante cualquier proyecto.
Pues bien, los primeros cristianos vivieron durante siglos en un contexto de persecución, que les exigió una mayor coherencia que mutó en una sana envidia y gran admiración. En el siglo XVI, cuando surge la Compañía de Jesús, las órdenes religiosas estaban mal vistas. Y ya en el siglo XX, los nazis se burlaban de seminaristas como Joseph Ratzinger, aduciendo que el catolicismo era cosa de otra época. Pues bien, es precisamente en estos tiempos cuando la vocación tiene más sentido que nunca, y así lo vivió el futuro papa, los primeros jesuitas y los cristianos que se lanzaron a evangelizar el Mediterráneo. Y el tiempo les dio la razón.
El cristianismo no va de modas, todo lo contrario. Porque es en medio de la oscuridad cuando hace más falta la luz del Evangelio, porque hay muchas vidas que iluminar. Testigos de Dios en el mundo que dedican toda su vida a la causa más noble de todas. Cristianos que defienden a la Iglesia y que no se dejan llevar por clichés ni ideologías. Personas generosas en un mundo egoísta, pobres en una cultura ebria de materialismo y célibes para amar a todos sin distinción. Al fin y al cabo, no hay cosa más triste y peligrosa para cualquier sociedad que sus miembros se dejen llevar por la corriente. Hoy, más que nunca, ser religioso sigue teniendo sentido.
Cuando veas a un religioso, no sientas lástima por él, aunque sea frágil e imperfecto. Más bien, maravíllate y da gracias a Dios, porque Cristo sigue llamando a corazones nobles y valientes, reconociendo que una Iglesia sin religiosos, no es ni mucho menos una Iglesia mejor.



