Exposición del Santísimo y canto
Señor Jesús, en esta tarde en la que, retomando el ritmo cotidiano, meditamos el Evangelio del próximo domingo, tu palabra nos dice por boca de San Juan Bautista: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Una frase que el sacerdote repite en la eucaristía cada vez que muestra el pan partido que es tu cuerpo y que será repartido haciéndonos dichosos por ser invitados a tu mesa: al altar de la Cena del Señor. Desde el silencio de nuestro corazón te pedimos que nos aumentes la fe para creer que realmente tú eres el Hijo de Dios, el Pan Vivo bajado del Cielo, el Corazón que ama y palpita desde el Sagrario, el Eterno que se hace alimento para nuestra peregrinación terrena. Ayúdanos, Señor a creer más en ti. Haz que deseemos pasar más tiempo contigo, que experimentemos vacío cuando nos falta tu presencia y la busquemos por todas partes. Y que así podamos ser misioneros que, como San Juan Bautista, los Apóstoles y tantos discípulos tuyos a lo largo de la historia, han llevado a otros a tu presencia, y les han ayudado a reconocerte cuando vienes hacia ellos por el camino de la vida.
Canto
Del Evangelio según san Juan, 1, 29-34
Al día siguiente, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”.
Cada vez que celebramos la eucaristía, oramos para que el Señor reciba de manos del sacerdote el sacrificio para alabanza y gloria de Dios y bien de la Iglesia. Después el sacerdote extiende sus manos sobre el pan y el vino, pidiéndole a Dios que los santifique por la efusión de su Espíritu, obrando el milagro de que sean para nosotros el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. La sombra de las manos sobre el altar nos recuerda a la sombra del Altísimo sobre María, cuando el Espíritu Santo vino sobre ella en la Anunciación. San Juan Bautista vio al Espíritu Santo bajar sobre Jesús y posarse sobre Él, y por ello lo reconoció como ese Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Nosotros, los invitados a la Cena del Señor, estamos llamados a ver con los ojos de la fe a ese mismo Espíritu que consagra este pan que se transforma en el Cuerpo de Cristo que comulgamos y que hoy adoramos. A reconocer por la fe, en la custodia, a aquel que nos sale al camino en tantos acontecimientos de nuestra vida. Al que nos bendice e invita a seguirle. Al que se convierte en alimento, para que nosotros podamos caminar sin desfallecer a esa meta a la que nos invita: a compartir su vida y llegar de su mano al Padre.
Canto
San Juan Bautista no se contenta con haberlo visto, ni tampoco con haberlo reconocido por la fe. Por eso termina diciendo “yo lo he visto y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios”. Nos invita así a no conformarnos con adorar al Señor aquí presente, a no reducir nuestra vida a la comunión y a la práctica de los sacramentos, puesto que, de ser así, no sería una vida cristianamente completa. Dios quiere que nos alimentemos espiritualmente de Él para que así podamos colaborar con Él en el anuncio de ese Reino de Dios que ya ha comenzado con su venida al mundo. El cristiano no puede conformarse con una vivencia de su fe de puertas para adentro, intimista, mientras ve como a su alrededor hay tanta gente que sufre y que no conoce a Dios. Como a San Juan Bautista, el Señor nos envía a preparar, abonar y trabajar ese campo en el que Él ha esparcido sus semillas. Nos alimenta para que podamos ser los colaboradores en su misión de anunciar al mundo la salvación que Dios nos trae. Por ello, conviene que nos alimentemos aquí de su presencia, y en los sacramentos de su vida, para que así podamos salir con Él a un mundo que, sin saberlo, espera que le señalemos como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, que libera, plenifica, y da esa vida eterna que nosotros no alcanzamos con nuestras fuerzas.
Canto, bendición reserva y canto a María



