Puede que este artículo se cuele entre la lista de bonitos mensajes que casi no lees, algo de resaca y horas de sesteo, sofá y manta. Quizás ayer fue noche de juerga, de trabajo o de estar en casa. Que hayas ido a hacer deporte temprano, o que mires con miedo este año que hoy comienza, por lo que pueda pasar. Y quizás entre brindis, abrazo y mensaje, se te han escapado buenos propósitos, que tanto en enero como en septiembre no pueden faltar. Tantos como conversaciones de besugo vemos en la televisión y en las redes que, si rascas, no dicen mucho.

La lista de buenos propósitos toca los mismos palos, siempre alrededor de la gestión de nuestro tiempo, dinero, imagen y ocio. Que si ir al gimnasio, salir a correr o comer menos -de algo, o de todo en general-. Que si ver menos las redes sociales o incluso leer más. Que si algún buen propósito existencial -porque de este año no puede pasar…- para cerrar algún asunto pendiente o hasta el deseo de querer rezar más. Todo esto está fenomenal -si son cosas buenas-, el problema es que te conoces y sabes que por mucho propósito que hagas es fácil que no llegues a cumplirlo.

Pero quizá aquí está el antipropósito de Año Nuevo: ser menos uno mismo, para dejar a Dios ser más, como el Niño Dios que crece con el tiempo. Dejar que el ego se achique, para que Dios llene ese hueco. No saturar la agenda para engrosar el yo, sino reducirse para que entre Él. Dejar que Dios lata en mi vida, en mi horario, en mi existencia. 

Hoy empieza el camino, ojalá que al final de este año nuevo, digamos que Dios, al fin, pudo nacer en nuestra vida, porque le hicimos hueco entre tantos buenos propósitos.

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