Continúa el debate sobre si avanza la secularización o asistimos a un renacer espiritual. Los datos estadísticos son susceptibles de lecturas contradictorias. Algunos fenómenos culturales, como Rosalía, también son poliédricos, cuando no, caleidoscópicos.
Sin embargo, en el fondo, se cierne la sospecha sobre la autenticidad de la fe gestada en la fuerza de colectivos eclesiales pujantes. Se puede pensar que es una moda, esto es, una tendencia que pasará de moda. Aun así, que nadie se rasgue las vestiduras ante lo aparentemente nuevo (Hch 14, 14), porque durante siglos la fe de muchos se ha sostenido por la inercia del entorno. Y las nuevas realidades pastorales no han sido las primeras en esgrimir el argumento de los números.
Tal vez la novedad radica en que hoy, en un ambiente secularizado, se hace más necesario que nunca un conocimiento más personal de Dios, no tan especulativo y más vivencial. Por supuesto corremos el riesgo de convertir la pastoral en un parque temático, proveedor de un abanico de emociones que pueden acabar siendo un sucedáneo de la vida espiritual.
Ahora bien, en este contexto, en vez de entender la fe como una seguridad que nos protege de la incertidumbre, la podemos acoger como una aventura que reclama una importante dosis de coraje y audacia. Etimológicamente el término “aventura” alude a los hechos inciertos que están por venir y entronca con la palabra “adviento”, la espera de lo que ha de llegar.
La fe siempre ha implicado salir de nuestra tierra (Gn 12, 1) para no tener dónde reclinar la cabeza (Mt 8, 20), un éxodo, un dejarnos llevar a dónde no siempre queremos ir (Jn 21, 18).
La esperanza cristiana no se sustenta en las convicciones de ningún grupo cuya prioridad sea la autoafirmación. En tiempos de des-ventura, podemos buscar refugio en presuntas certezas o bien responder a la invitación de emprender el camino de las bien-aventura-nzas. La fe, hoy y siempre, es una aventura, de lo contrario, no es fe.



