Para comprender el resurgir de la fe católica entre los jóvenes en España conviene situarlo en el contexto de un país occidental secularizado desde hace décadas. Dos fenómenos recientes —el nuevo disco de Rosalía y el éxito de la película Los Domingos— han llevado este asunto al debate público, dando la impresión de que se trata de algo repentino. Sin embargo, como suele ocurrir en la vida de la fe, este despertar ha crecido de manera silenciosa, al estilo de la semilla del Evangelio.
En la esfera pública ya se intuían cambios: columnas y artículos de voces como Diego Garrocho o Ana Iris Simón, figuras conocidas que expresan con naturalidad su fe —como el seleccionador Luis de la Fuente— o la inesperada demanda de conciertos de música católica. Eran signos dispersos de que algo estaba tomando forma.
Pero este resurgir ha sido sobre todo un proceso discreto, casi imperceptible. Como una llovizna fina, cada vez más jóvenes han ido llenando la vida ordinaria de la Iglesia: misas dominicales con una presencia juvenil que rejuvenece la asamblea, eucaristías diarias en las que empiezan a ser habituales, oraciones preparadas y animadas por ellos —especialmente la adoración eucarística— que congregan a más fieles, y una demanda creciente del sacramento de la reconciliación. Es un movimiento que brota de abajo, de joven a joven, más que de iniciativas institucionales planteadas “desde arriba”, cuyos resultados eran cada vez más escasos. Como dice el salmo 19, “el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra”.
A los adultos nos corresponde reconocer este don, no poner obstáculos al Espíritu y colaborar con Dios para fortalecer la fe de estos jóvenes. Cuando ellos lo pidan, podremos acompañarlos en su búsqueda del Absoluto, agradeciendo lo que ya está germinando en su interior.



