Viajar siempre tuvo algo de catártico. Tanto personajes históricos como la literatura fundadora de nuestra civilización nos dan buena cuenta de ello. Ulises fue el que encabezó una larga retahíla de héroes y locos que abandonaron su hogar para deshacerse de las cadenas, insatisfacciones e imperfecciones que les atenazaban. Todos ponen tierra de por medio, pero ¿es esa la clave, la distancia?
Nuestro tiempo le ha arrebatado al viaje un poco de esa pátina mítica que lo revestía. Testigo de ello es la proliferación de « todo-incluidos » en la costa, por ejemplo. Ahora vemos a muchos influencers recorriendo paraísos isleños para « encontrarse a sí mismos » como si « sí mismos » se hubiera fugado sin dejar una dirección. O muchos estudiantes que, como yo, hemos abandonado nuestro hogar para estudiar en el extranjero. Todos buscamos algo al comenzar una aventura, aunque pasamos por alto que lo que buscamos tiene un coste más alto que un billete de avión. Y aunque nunca lo habíamos tenido tan fácil para salir de nuestro cotidiano, ¿por qué me resulta completamente alejado de esas experiencias de purificación que ya tuvieron el Quijote, Dante o San Ignacio?
Quizás nuestra generación se está equivocando en pensar que recorrer kilómetros y kilómetros de tierra va a resolver todos nuestros problemas. Y sí, el viaje va a servir para agrandar nuestros horizontes y cultura, pero sin un viaje interior que lo acompañe uno tendrá siempre el sabor de la huida en los labios. Medir su recorrido simplemente es absurdo. Porque lo que caracteriza a los que partieron en catarsis es que ya tenían en su interior la base de lo que sería su nuevo yo y tenían presente a quien les llamaba para desplegarlo al completo.
Lo que palpita dentro, eso hace a uno volar más alto que cualquier avión.
