Durante este mes, Vigo y el mundo se están poniendo sus mejores galas de leds y espumillón para prepararse para Navidad. Las luces en las calles es algo inseparable de esta época y son amadas por la mayoría de gente. Sin embargo, poca gente sabe si realmente tienen un significado más allá de que sean bonitas.

La opinión mayoritaria del origen de esta tradición es las Saturnales romanas, donde se colocaban velas y cirios en los alféizares de las ventanas. Se trataba de una fiesta pagana en honor de la deidad Mitra, la personificación mediterránea del sol, el cual iba a resurgir conforme los días se hicieran más largos. Las luces en las casas simbolizaban esta esperanza de que el día le iba a ganar cada vez más terreno a la noche. Muchos consideran este festival como el germen de lo que es hoy la Navidad cristiana, aunque también académicos como Peter Gainsford lo ponen en tela de juicio.

Puede que, aunque no se guarde constancia, los cristianos siguieran encendiendo estas llamitas durante estas noches donde la oscuridad campa a sus anchas más que en cualquier otro momento del año. Estas velas insignificantes, pequeñas, darían un poco de luz y calor en medio del frío, recordatorio de una buena noticia que estaba por llegar.

Sin embargo, la electricidad le quitó parte de la magia a las luces de Navidad. Nueva York comenzó a colgar tiras de bombillas por sus calles e inauguró una lucha entre ciudades por tener la iluminación más extravagante, excesiva y brillante. Hoy, la luz ha pasado a ser un espectáculo, plano, una hija del capitalismo feroz cuya única función es atraernos como polillas a los centros de las ciudades para gastar. Son testigos de que sólo somos mercancía y patente de que el dinero es lo que mueve el mundo. Sin embargo, nosotros mantenemos vivo el recuerdo de lo que un día significó una vela en el viento de la noche.

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