Exposición del Santísimo y canto
Estoy en tus manos: moldéame totalmente. He aquí, soy tu siervo, dispuesto a todo, porque no quiero vivir para mí, sino para ti, y ojalá el Cielo concediera que esto fuera de manera perfecta y digna. Amadísimo Jesús, dame tu gracia, para que obtenga en mí y permanezca en mí hasta el final. Dame el deseo y la voluntad de aquello que más te agrada y te complace. Que tu voluntad sea mi voluntad; que la siga y me conforme plenamente a ella; que tenga un solo querer y no querer contigo; que solo pueda desear o no desear aquello que tú deseas o no deseas. Concédeme morir a todas las cosas del mundo.
San Carlo Acutis
Canto
Del Evangelio según san Lucas, 23, 35-43
En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo:
«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
No sabemos si Dimas, aquel ladrón arrepentido sabía leer o si fueron otros los que le contaron que sobre aquella cruz estaba escrito: «Éste es el Rey de los Judíos». Ignoramos si había oído hablar de ti, Señor, si os habíais cruzado en alguna encrucijada de la vida, o si te había conocido. Pero, mientras compartía contigo sufrimiento, clavado en aquella cruz, tuvo fe. Creyó aquello que los romanos habían escrito como burla. Lo que los judíos habían pedido retirar por escandaloso. Lo que para sus discípulos y amigos había convertido en una desilusión y una mentira, lo vivido en aquellos tres años junto a ti. También a nosotros hoy nos cuesta creer Señor y nos falta fe. Cuando la cruz que portamos nos causa dolor, cuando contemplamos el sufrimiento y en sinsentido de nuestro mundo, nos sobrevienen las dudas y el escepticismo. ¿Cómo es posible que tú seas Rey si pareces no hacer nada? ¿Si da la impresión de que, como en la Cruz, eres vulnerable e impotente ante los engranajes que mueven este mundo? Nos falta fe Señor, y por eso te pedimos que nos la aumentes.
Canto
San Pablo afirma que el camino para conocerte está en la participación de tus padecimientos y la semejanza en tu muerte, unidos al poder de tu resurrección[1]. Dimas, el ladrón, experimentó la profundidad de estas palabras en aquel momento de su vida en el que todo se desvanecía, al tiempo que su sangre y su aliento se agotaban en la Cruz. La participación el suplicio de Jesús le hizo experimentar que había estado sirviendo a reyes que no pueden salvar: el dinero, la mentira, la injusticia, y tantos otros. Al verse desnudo, fracasado y vacío, experimentó el dolor de quien siente que ha vivido centrado en sí mismo, probablemente en el egoísmo victimista que convierte en agresor. Vacío de lo que había sido su yo, miró a su lado y descubrió en aquel que padecía con Él no sólo a un hermano, sino a un Rey Salvador. Nosotros hoy Señor también miramos hacia ti en este sacramento, y te pedimos que nos ayudes a vaciarnos de nosotros mismos y de nuestro egoísmo. A descubrirte como Rey del Universo, cuando la apariencia de este mundo pasa y la verdad se revela en todo su esplendor. Y como Dimas, descubrimos que mucho de nuestro sufrimiento tiene origen en el mal de nuestro mundo y de nuestro corazón. Atisbamos como, al sufrirlo tú, que no tienes culpa, lo vences y colocas en su lugar. Por eso te pedimos con fe que nos ayudes a poner a nuestro yo en su sitio, para reconocerte como el Rey de nuestra vida, mientras te gritamos: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino».
Canto, bendición reserva y canto a María
[1] Filipenses 3, 10-11



