Exposición del Santísimo y canto
Porque anochece ya, porque es tarde, Dios mío, porque temo perder las huellas del camino, no me dejes tan solo y quédate conmigo.
Porque he sido rebelde y he buscado el peligro y escudriñé curioso las cumbres y el abismo, perdóname, Señor, y quédate conmigo.
Porque ardo en sed de ti y en hambre de tu trigo, ven, siéntate a mi mesa, bendice el pan y el vino ¡Qué aprisa cae la tarde ¡Quédate al fin conmigo! Amén.
Canto
Del Evangelio según san Juan, 13, 31-35
Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. Hijitos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros».
Un mandamiento nuevo, porque está lleno de la novedad de la Pascua: "que os améis unos a otros, como yo os he amado". Con ese amor que da la vida hasta las últimas consecuencias. Un amor sin reservas. Un amor puro, que no calcula, no se mezcla, ni se contamina, ni busca intereses. Un amor que, siendo tan divino, puede volverse humano, puesto que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios. Un amor que es aquel con el que el Padre ama al Hijo en el Espíritu Santo. Un amor que moviliza e impulsa a salir a buscar a las ovejas perdidas y heridas. Un amor que da vida y la restaura por los caminos y encrucijadas del mundo: comenzando en un establo, siguiendo en una carpintería, caminando de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad, hasta culminar abriendo sus brazos en lo alto de una cruz. Un amor que genera y regala vida nueva al resucitar. Un amor tan fuerte que vence a la muerte. Ése es, Señor, el amor divino en el que nos llamas a vivir y permanecer para que pueda hacerse así humano en nuestras vidas.
Canto
Es el amor con el que nos llamas a amarnos unos a otros, hasta el punto de que todos puedan reconocernos como discípulos tuyos. Un amor que es a la vez tan reconocible como desapercibido, atrayente como repulsivo. Un amor que da confianza y asusta a la vez. Que, pese a ser la más alta sabiduría se confunde con estulticia y sinsentido. Un amor que se reconoce en las personas. Que contagia cuando es puro y divino, y echa para atrás cuando es interesado o impostado. Un amor que tantas veces duele, pero que, como si de un parto se tratara, convierte las lágrimas en gozo profundo. Un amor que a veces precisa de pequeñas y grandes muertes para ser verdadero, hasta el punto de que en ocasiones sólo se reconoce y agradece cuando quien ama ha pasado ya de este mundo a Dios. Un amor que da la vida una y mil veces, y que transforma las relaciones humanas en comunidad divina. Un amor que no se agota, pese a la limitación de quien ama. Un amor que ensancha la vida, la sonrisa, la satisfacción, la plenitud y la alegría. El amor de quien se atreve, de quien se arriesga, a amar como Él nos amó: teniendo siempre a los últimos por primeros, y descubriendo ya en esta tierra el Reino de los Cielos.
Canto, bendición reserva y canto a María
