
reflexión
Escucha
Las palabras cercanas
«Por eso la voy a seducir. La llevaré al desierto y le hablaré al corazón, y ella allí responderá como en los días de su juventud» (Os 2, 16-17)
Se me va el tiempo hablando de trabajo, de estudios, de programas de la tele, de otras personas... cuando a veces lo que querría es hablar de lo que me inquieta de verdad, de mis dudas más radicales, más hondas; hablo con seguridad y no dejo asomar mis fisuras. Me quejo de problemas cuando lo que estoy queriendo hacer es mostrarme débil. Eso me hace pensar si no pasará lo mismo con la gente de mi entorno. Si detrás de muchos gestos, palabras, seguridades, no estarán voces que piden ayuda, o que simplemente expresan dolor, o inseguridad, o paz. Si no se me estará escapando a chorros la vida de los míos.
Lo cierto es que no vamos a estar todo el día hablando con el corazón en la mano y ojos humedecidos, desnudando nuestra intimidad (gracias a Dios, eso sólo pasa en los telefilmes americanos –generalmente malos-). Es posible que en la vida cotidiana seguiré hablando con mi gente de las cosas más cotidianas. El verdadero reto es aprender a escuchar, por debajo de esos discursos, la palabra profunda, el canto tranquilo o el llanto escondido.
Piensa en las conversaciones que tienes con tus gentes. Pide a Dios que te enseñe a escuchar:
la palabra que no se llega a formular,
las preocupaciones ajenas,
las necesidades y problemas de los tuyos...
Podemos estrechar
miles de manos
y quedar solos,
llenos de sensaciones
en el borde de la piel.
Podemos acoger una sola mano
y sentir en ella
el calor del absoluto.
Podemos mirar
muchos paisajes
y quedar vacíos,
llenos de imágenes
en la superficie del color.
Podemos contemplar
un solo horizonte
y ver asomarse en él
la plenitud del infinito.
Benjamín González Buelta
El clamor distante
«La sabiduría pregona por las calles, en las plazas alza su voz, grita por encima del tumulto, ante las puertas de la ciudad lanza sus pregones» (Prov 1,20-21)
Hay otros lamentos, no tan escondidos, que he dejado de escuchar, tal vez porque si los llegase a oír me dejarían demasiado helado; porque podrían provocarme una sensación de impotencia y de fracaso enorme. Son voces que no tienen nada que descifrar, claras, rotundas, honestas. Las voces de los excluidos de todo tipo: pobres, hambrientos, víctimas de guerras, yonquis, aquellos hombres y mujeres que sufren por mil formas de intolerancia. A veces esas voces me conducen a un dilema: ¿para qué escucharlas, si no puedo hacer nada? ¿Para amargarme la vida? ¿Para sentir una culpa que no es mía? No. No se trata de hacer discursos voluntaristas o demagógicos acerca del mal en el mundo. El verdadero reto es dejar dentro de mí un espacio en el que esas voces resuenen... para recordarme que aún hay mucho que hacer para seguir construyendo el Reino de Dios en el que todo ser humano viva con su dignidad asegurada; para hacerme consciente de lo que mi vida tiene de bendecida, y al tiempo responsable por todo ese bien recibido...
Piensa en tantas voces rotas que a veces quedan silenciadas por el contexto en el que vives. Pídele a Dios que te ayude a oír y no perder nunca la capacidad de conmoverte:
voces de quienes están privados de lo más necesario.
voces de víctimas de toda clase de discriminación
El sentido que buscas
El sentido que buscas
llega él sólo hasta ti
al transformar una herida
en una ventana,
al construir un puente
con las piedras de un muro,
al recoger una angustia
y convertirla en palabra,
al encontrar vivos en otros
tus días perdidos,
al mirar la pobreza
y contemplar profecía.
Benjamín González Buelta


