El otro día leía en un artículo que un niño, al ver el Belén de la Plaza de San Pedro totalmente a oscuras, les preguntaba a sus padres: “¿Jesús tiene miedo a la oscuridad?”

Esta pregunta puede parecernos una tontería, pero cuando estamos acostumbrados a que la Navidad sea, como dicen algunos, “música y luz”, ver un nacimiento a oscuras nos impacta. Pero ¿nos hemos parado a pensar qué es lo que ocurrió realmente en aquel pesebre?

Lo que celebramos estos días es que nace la Verdad, rodeada de paja. ¿Y por qué íbamos a celebrar que todo un Rey celestial decidió nacer en lo más humilde? Porque vino —y viene— para iluminar esta noche estrellada. Porque, aunque muchas veces sintamos que estamos sumidos en una noche oscura del alma, siempre tenemos cerca estrellas que nos guían hacia el portal, para que no desesperemos en nuestro andar y no caminemos solos. Porque en el portal, al igual que en la Iglesia, cabemos todos: desde los pastores, que al verlo creyeron, hasta los reyes, que lo adoraron y le regalaron lo mejor que tenían. Lo que no sabían —y a veces nosotros tampoco— era que el regalo más puro que Dios ha otorgado al mundo era ese Niño envuelto en pañales. Ese Niño que tiembla en brazos de su madre. Ese Niño que llora al verte llegar, igual que el padre al ver llegar al hijo pródigo.

En el fondo, creo que esa noche hubo una luz en el mundo que brilló más que el mundo entero. Y puede que no siempre podamos ser luz, pero sí podemos reflejarla. Al igual que María y José se miran, lo miran y reflejan el amor de Dios, así nosotros podemos reflejarlo; así puede, en nosotros y en nuestros ojos, brillar el Cielo.

Estos últimos días de Adviento podemos prepararnos para celebrar que Jesús nace para salvarnos, para entregarnos la Verdad. Podemos dejar de tener miedo a la oscuridad. Porque estoy segura de que Jesús no tiene miedo a la oscuridad. Y lo estoy porque sé que Él es la luz que ilumina.

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PastoralSJ
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