Partidos y partidos

Este fin de semana pudimos ver dos partidos bien diferentes. Por una parte, la final de Roland Garros que enfrentó a Garbiñe Muguruza y Serena Williams. Un partido de tenis, con todos los ingredientes de un evento así: competencia, rivalidad, tensión, una ganadora y una digna finalista, un posible relevo generacional, y un enfrentamiento que se circunscribe a la pista de tenis, pero que, si los deportistas son verdaderos deportistas, no debería salir de ahí. Luego, la noche del domingo, Évole juntó a Rivera e Iglesias para debatir. Y su cadena de televisión promocionó el evento con el hashtag tuitero #partidodevuelta. Se supone que el de ida fue en la anterior convocatoria electoral, uno mucho más amistoso en la tasca del tío Cuco. También en el debate hubo los ingredientes de la pista central de Roland Garros: competencia, rivalidad, tensión… También los periódicos se lanzaron, nada más terminar, a preguntar “quién crees tú que ganó...”. El relevo generacional, en este caso, parecía asegurado con ellos, porque ninguno de los dos ha ganado, todavía, un Grand Slam.

El problema es que un debate político no es un partido, ni de ida ni de vuelta. No lo es. Y si lo vivimos así;  si lo convertimos en una cuestión de graderíos y forofos, si confundimos un equipo con un club, si ponemos en unas siglas políticas nuestro corazón, si pensamos que lo que se juega en unas elecciones es ir a bañarse a una fuente a otra, estamos disparándonos en el pie. Lo que se juega, en la política, no es una cuestión de simpatías o antipatías personales. No es una pasarela de míster fotogenia o miss piquito de oro. No es tampoco un concurso de eslóganes vacíos. Nos jugamos el tipo de educación que queremos. Nos jugamos políticas medioambientales; nos jugamos impuestos, trabajo, tolerancia, libertad religiosa, derechos sociales, sanidad, infraestructuras; nos jugamos la sostenibilidad del sistema de pensiones, y la manera de repartir bienes comunes; el equilibrio entre iniciativa privada y redistribución de la riqueza; el encaje entre Estado e identidades; la independencia judicial; la representatividad de la democracia; la respuesta (verdadera, no demagógica) a la corrupción, que empieza por la propia casa. Nos jugamos ser tratados como ciudadanos o como borregos. 

Pero, en lugar de exigirles que hablen de eso, parece que estamos esperando a ver quién apabulla mejor al otro. A ver quién le da al otro un buen “zasca” (expresión que ya se ha agotado de tanto utilizarla), para entonces gritar, como orangutanes en celo: ¡Gooooooooool!

  • José María R. Olaizola sj

Comentarios  

 
#1 Anna Font Olivet 12-06-2016 07:06
Me parece espectacular tu articulo!!!!! Gracias por tu coraje. Seguro que nos ayuda a avanzar a muchos.
Citar
 

Utilizamos cookies propias y de terceros con el fin de mejorar la experiencia del usuario. Si continua navegando, consideramos que acepta su uso.
Ver política de cookies.